Dar a luz a La Verdad

Su madre era matrona. Ayudaba a las mujeres a dar a luz. Acompañaba y asistía a las futuras madres para que a través de sus vientres, unos ojos recién nacidos vieran la luz y la vida.

Le he visto yendo por las calles y hablando con quien se prestara al dialogo. Era conocido en el pueblo porque decían que ayudaba a la gente. Lo recuerdo también entre un grupo de personas que formaban entre ellos, una especie de círculo abierto, para oírse mejor. Nunca pude acercarme a él, ni pude atreverme a poner el oído en alguna de sus conversaciones.  No pude dedicarle una de mis sonrisas de perfecta anfitriona, ni guiñarle el ojo mientras se la ofrecía: un modo más que me he inventado para dar las gracias, además que verbalizando.

Debo confesarte que desde el ángulo que le vi, si que pude imaginarme el tono de voz, el sosiego que desprendía. Sentir esa especie de paz y serenidad que le acompañaba. Esa templanza que transmiten las personas que ya han encontrado las respuestas y en consecuencia; las verdades. Hay cosas que se notan desde la respiración. Hay gente que habla desde el diafragma y desde el alma. Yo tengo el placer de conocer a algunos.

Nadie es profeta en su tierra. 

Es extraño que incluso en estos tiempos encontremos ese sosiego y verdad en el alma de algunos hombres. Cada generación, contexto y cultura se encarga bien de buscar el modo de distraernos en pequeñeces y nosotros, bien que nos dejamos enredar por ellas.

No suele faltar el dedo acusador, algún castigo social o la reprimenda de cualquier allegado que procurará hacerte saber que si él no pudo, tu tampoco.

Y para los que se salen del camino establecido, ya todos saben que normas y que patrón seguir para marginarle en lo posible. A veces incluso, se promulgan leyes para matarlos. Una de las condenas fue la de que el acusado, (Sócrates) muriera envenenado bebiendo unos tragos de cicuta.

Se hizo justicia, dictó el Juez. Mientras el acusado moría envenenado.

Me dijeron que se sentía orgulloso de su madre. Que le parecía apasionante que el trabajo de quien le había traído a la vida, fuera seguir trayendo vidas a la vida. Asistir “al parto”, partir el cordón umbilical. Ayudar a partir hacia la vida y pensó, que el también podía “eso”. Con la sabiduría que sentía que tenía, también podría hacer como su madre; Ayudar a las personas a dar a luz a la verdad. Asistirles en el proceso.

No le gustaban las cárceles. No entendía el sentido limitante que proporcionaba a las generaciones que estaban por llegar y se lo dijo a los políticos de su barrio, a sus vecinos, al que hacía el pan. “Si en lugar de construir cárceles, construimos más escuelas, tendremos más medios y lugares para enseñar”. Una vez que una persona sabe o aprende lo que es “el bien”, será incapaz de hacer “el mal”, decía.

Su labor, su misión, era la de ayudar a las personas a hacerse las preguntas adecuadas. Una vez te haces las preguntas correctas, en ti está y encuentras la respuesta correcta. En eso consiste la mayéutica, en que a través de preguntas encuentres por ti mismo la respuesta.

Y si te sientes perdido y no encuentras la respuesta y si no atinas a hacerte las preguntas correctas, busca al coach adecuado.

Cada uno de los coach que ayuda a sus clientes a hacerse las preguntas adecuadas y en consecuencia a hallar las respuestas, estará haciendo, lo que hacía el que fue, el primer Coach conocido de la historia; Sócrates. Que sigue vivo en el recuerdo de la historia, (de los míos ya forma parte). Sigue vivo también en el método en el que (aunque algunos no sean conscientes), se apoyan hoy en día, todos los coach del mundo; El método Socrático de la mayéutica;

dar a luz a la verdad.

Por ejemplo, ¿Que sucede en ti si en lugar de preguntarte ¿por qué (…)?, empiezas a preguntarte ¿para qué (…)??

AportAmor

La Verdad

La pregunta adecuada

La historia del Triple filtro:

–¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?

–Un momento, le dijo Sócrates. Antes de decirme cualquier cosa, querría que pasaras un pequeño examen. Es llamado el examen del “triple filtro”.

 –¿Triple filtro?

–Correcto. – continuó Sócrates– Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea tomar un momento y filtrar lo que vas a decir. 

El primero, es el filtro de la verdad: ¿estás seguro de que lo que vas a decirme es cierto?

–No, – dijo el hombre– realmente sólo escuché sobre eso y…

 Muy bien, dijo Sócrates. ¡Entonces realmente no sabes si es cierto o no! Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad: ¿es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?

–No, por el contrario…

–Entonces, – continuó Sócrates– tú deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto. Ahora sólo nos queda un filtro; el filtro de la utilidad: ¿será útil para mí lo que vas a decirme de mi amigo?

–No, realmente no.

–Bien. – concluyó Sócrates. –Si lo que deseas decirme, no es cierto, ni bueno, ni útil, ¿por qué querría saberlo?

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